Descubre la leyenda que dio forma a nuestro reino.
En los anales del tiempo, suspendida en el silencio de la galaxia Lucerna, giraba una joya olvidada: el planeta Ozorno. Era un mundo de reinos prósperos, donde la paz no era un sueño, sino el aire que se respiraba.
Pero la calma es, a menudo, el preludio de la tormenta.
Lejos, en la isla neblinosa de Critón, el hechicero Baruk observaba el mundo con un corazón consumido por la ambición. Su anhelo de poder era una sed insaciable; no descansaba, soñando despierto con el día en que Ozorno se arrodillara ante él. En su búsqueda impía, Baruk desenterró un libro antiguo, encuadernado en piel de bestia y cerrado con sangre. En sus páginas marchitas, encontró lo que buscaba: el ritual prohibido para despertar a un Titán ancestral.
Sin vacilar, Baruk inició la ceremonia. Mientras el hechicero cantaba en lenguas olvidadas, la tierra tembló. El Titán se alzó, una montaña de furia y poder antiguo, y junto a él, el ejército de Baruk se preparó para la guerra.
El primer golpe cayó sobre Luminity, los reinos del bosque. Sus defensas, aunque valientes, se quebraron como ramas secas bajo la sombra del Titán. Uno tras otro, Royland, Frozen y Zaicon cayeron en la oscuridad, sus estandartes quemados. Aterrados, los pocos mensajeros que sobrevivieron galoparon para advertir a los reinos libres.
En una cumbre de emergencia, los últimos reyes se reunieron: Terry de Antoria, Bryce de Sandel y el noble Enrique Nazir, Rey de Wolfrim. El miedo llenaba la sala. Bryce y Terry, con la voz quebrada, abogaron por la rendición. "Evitemos la guerra", suplicaron, "entreguemos nuestros reinos en paz".
Enrique Nazir se puso en pie, su sola presencia acallando los murmullos. Sus ojos, acerados por la convicción, se clavaron en los reyes temerosos.
"Ustedes pueden arrodillarse", declaró, su voz resonando en la piedra. "Pero Wolfrim no entregará su reino. Lucharemos. Y venceremos."
La alianza se fracturó. Mientras Enrique Nazir regresaba a Wolfrim para preparar a su ejército, Bryce y Terry enviaron emisarios de rendición. Las tropas de Baruk tomaron Antoria y Sandel sin desenvainar una sola espada.
Enrique supo que estaba solo. Wolfrim era el último bastión contra la tiranía.
El día esperado llegó con un amanecer rojo. Las tropas de Baruk, ahora reforzadas por los ejércitos rendidos de Antoria y Sandel, cubrían el horizonte. Al frente de su ejército, sobre su corcel de guerra, el Rey Enrique Nazir alzó su mirada al cielo, implorando al creador por la fuerza para proteger a su pueblo.
Dio la voz de ataque.
Wolfrim cargó. El choque del acero contra el acero destelló fuego bajo el cielo sombrío. El ejército de Wolfrim, superado en número pero no en valor, luchó con el corazón de un pueblo que defendía su hogar.
Ganaron terreno, empujando al enemigo.
Terry, viendo la derrota inminente, huyó cobardemente. Bryce, incrédulo al ver cómo las tropas de Baruk eran diezmadas, supo que estaba perdido y ordenó la retirada.
Wolfrim había vencido. La victoria era suya.
Enrique Nazir, agotado pero triunfante, se acercó a su viejo amigo Bryce. "Alíate conmigo", le dijo, ofreciéndole la mano. "Luchemos juntos contra el verdadero enemigo".
Bryce sonrió y estrechó su mano. "Que así sea, viejo amigo", respondió.
Enrique sonrió, aliviado, y dio media vuelta para celebrar con sus soldados. En ese instante de triunfo, Bryce desenvainó su espada y la hundió en la espalda de su rey.
Un silencio sepulcral cayó sobre el campo de batalla. Enrique, agonizante, se desplomó. "**Amigo... ¿qué has hecho?**"
Bryce, sin decir palabra, montó su corcel y huyó. Edgar, General del ejército y hermano de sangre del monarca, corrió hacia su rey caído, incapaz de comprender la traición. Con su último aliento, Enrique Nazir le encomendó su legado: "Guía a mi hijo, el Príncipe Javier. Guíalo en su ascenso. Mantén a Wolfrim... libre".
Los soldados regresaron a Wolfrim victoriosos, pero cargando el cuerpo sin vida de su rey. Los cielos se oscurecieron y el llanto inundó el reino. El Príncipe Javier, al ver el cuerpo de su padre, sintió cómo la rabia y el dolor forjaban en su corazón un juramento de hierro: **venganza**.
Con Wolfrim de luto, el Príncipe Javier asumió el trono. El nuevo Rey juró honrar la memoria de su padre, pero sabía que la venganza no era suficiente; debía cumplir el sueño de su padre de un Ozorno libre. El verdadero enemigo, Baruk y su Titán, seguían intactos.
Los antiguos sabían que el Titán de Baruk era solo uno de tres. Los otros dos permanecían dormidos en las tierras heladas de Frezzland.
Javier trazó un plan audaz. Envió mensajeros a las rebeliones secretas que surgían en los reinos ocupados, prometiéndoles un contraataque. Él mismo, bajo el manto del secreto, viajaría a la ciudad perdida de Frezzland del norte en busca de los libros legendarios que podrían despertar a los otros dos Titanes.
Mientras Baruk reunía sus fuerzas para el asalto final a Wolfrim, Javier voló sobre el Pegaso más veloz del reino. Llegó a una tierra desolada, congelada en el tiempo. Allí, en una gruta, encontró a un *nardino* —una criatura que creía un mito— al borde de la muerte. Javier lo rescató.
El nardino, asombrado por la noticia de que un Titán había despertado, guio a Javier a la legendaria colonia oculta de Nardina. Los sabios de la tribu, al escuchar la historia de Javier, supieron que la profecía se estaba cumpliendo y decidieron intervenir.
Lo llevaron a las ruinas sagradas. Allí, cubiertos por el polvo de milenios, estaban los libros. Con los tomos en su poder, Javier emprendió el vuelo de regreso. El destino de Ozorno viajaba con él.
Javier regresó a Wolfrim y dio la señal. Las rebeliones, divididas en cuatro grupos, rodearon la isla de Critón al anochecer, esperando el amanecer.
Mientras las primeras luces del día teñían el cielo, Javier, en la vanguardia, leyó los textos antiguos. El mar rugió. Del abismo surgieron los dos Titanes restantes, colosos de hielo y poder ancestral.
"¡Atacad!", gritó Javier.
Las tropas de la rebelión asaltaron la fortaleza de Baruk. Los Titanes de Frezzland se abalanzaron sobre el Titán del hechicero. La batalla fue cataclísmica. Cuando el Titán de Baruk cayó, sus ejércitos controlados mentalmente flaquearon.
En medio del caos, Javier encontró a Bryce. El traidor intentó huir, pero esta vez no había escapatoria. Sus espadas chocaron. Javier, impulsado por el recuerdo de su padre, luchó con una furia justa y controlada. Venció a Bryce.
El ejército de Baruk fue aniquilado. En su palacio, Baruk observó cómo su reino de terror se desmoronaba. Estaba derrotado.
Ozorno celebró. Javier, con solemnidad, usó el poder de los libros para devolver a los Titanes a su sueño eterno, protegiendo los tomos.
Poco después, los representantes de los reinos liberados se reunieron: Troy, Draco, el Hada Karo Bonsái, Natahel, Fargot (sucesor del vencido Bryce) y el Rey Javier.
Agradecidos, propusieron una nueva era. Dividieron el planeta en tres regiones: Adael al sur, Wolfrim al norte, y en el corazón, la Ciudad Imperial, que gobernaría sobre todas.
Nombraron a Javier Nazir como Rey Supremo de la Ciudad Imperial. Y a la fusión de estas tres fuerzas (Tri-Foria) la llamaron: **Triforia**. El planeta Ozorno renació con un nuevo nombre.
Javier, honrado, juró proteger la paz que su padre había soñado. Un nuevo legado había comenzado.
Los años pasaron en armonía. El Rey Javier gobernaba con sabiduría, viajando constantemente entre los reinos.
Un día, en el Reino Luminity, fue recibido por el Hada Karo Bonsái. A su lado se encontraba la Princesa Dany Zivia de Antoria. En el instante en que Javier y Dany cruzaron miradas, nació un sentimiento que el tiempo solo fortalecería. Su amistad floreció en amor mientras viajaban juntos por el reino.
Javier fue a Antoria y pidió la mano de Dany. Natahel, su padre, aceptó con orgullo. La boda fue majestuosa. Una nueva Reina ascendía en Triforia.
Eran la pareja perfecta. En las noches de luna llena, se retiraban al Palacio de Marfil, un santuario secreto que Enrique Nazir había construido. Allí, junto a un lago cristalino, contemplaban la luna y soñaban con su futuro.
Pero la felicidad absoluta rara vez dura para siempre.
La paz se volvió frágil. Fargot, el sucesor de Bryce, observaba a Javier con una envidia que emponzoñaba su alma. En secreto, comenzó a reclutar a los descontentos, planeando un motín.
Entonces, la calamidad golpeó. Un enorme dragón surgió de la nada y devastó el Reino Frozen. Javier acudió con sus tropas y, tras una ardua batalla, dieron muerte a la bestia.
En la reunión de emergencia, Fargot usó la tragedia para atacar. Acusó a Javier de negligencia, de descuidar el reino por su matrimonio. Los demás monarcas, presionados, acordaron investigar.
Poco después, el General Edgar llegó con una pista: un huevesillo de dragón, intacto, cerca de las ruinas. Javier supo la verdad: el ataque del dragón había sido provocado. Tomó el huevo y lo llevó al santuario del Palacio de Marfil para protegerlo.
Las intrigas de Fargot crecían. Javier, sabiendo que su familia estaba en peligro —especialmente la Reina Dany, que llevaba en su vientre al heredero— tomó una decisión dolorosa. Envió a Dany y a sus súbditos de mayor confianza al Palacio de Marfil, lejos del peligro.
El día del veredicto, las turbas de Fargot rugían. Los monarcas, intimidados, cedieron. Fargot, triunfante, retó a Javier a un duelo a muerte por el trono.
Javier, sabio y atormentado, miró a la multitud. Sabía que Fargot no lucharía limpio. Pensó en Dany. Pensó en su hijo nonato. Soportó la humillación, se negó al duelo y, ante los gritos de "¡Cobarde!", abandonó el trono. Tuvo que abrirse paso luchando para escapar de la ciudad, un rey exiliado cabalgando hacia el único refugio que le quedaba.
Cuatro años pasaron. En el Palacio de Marfil, Dany dio a luz a un hijo, Henry. El huevesillo eclosionó, revelando a un bebé dragón al que llamaron Pipo, quien se convirtió en el guardián inseparable del príncipe.
En la Ciudad Imperial, Fargot fracasó. Triforia se fracturó y los reinos se separaron. Su odio por Javier solo creció, jurando encontrarlo y matarlo.
El sol se alzaba sobre el Palacio de Marfil. Javier, Dany y el pequeño Henry paseaban cerca del lago secreto, un raro momento de paz familiar.
No vieron al mercenario de Fargot que los observaba desde las sombras.
El asesino desenvainó su espada y se abalanzó sobre la espalda de Javier. En ese instante, Dany, en un gesto de amor, se giró para abrazar a su esposo. La espada del mercenario se hundió profundamente en la espalda de la Reina.
El tiempo se congeló. El grito de Javier fue un trueno. Desenvainó su propia espada y, con una furia cegadora, destrozó al asesino.
Los escoltas llegaron demasiado tarde.
Javier, destrozado, sostuvo a Dany mientras la vida la abandonaba. Envió a su hijo de vuelta al palacio y enterró a su amada junto al lago donde habían soñado su futuro.
Mientras la tierra cubría a su reina, Javier se puso en pie. Levantó su espada ensangrentada hacia el cielo oscurecido y juró, con un alma rota, que encontraría a Fargot. Juró que vengaría su muerte.
(Continuará...)
El legado de Enrique y Javier Nazir apenas comienza. La historia de Triforia se escribe cada día.
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